La supervivencia del más rico

Los ricos están conspirando para dejarnos atrás

Artículo de Douglas Rushkoff

El año pasado me invitaron a un centro turístico privado de superlujo para que pronunciara un discurso inaugural a lo que supuse que serían un centenar de banqueros de inversiones. Fue, y con mucho, la tarifa más grande que jamás me han ofrecido por una charla (casi la mitad de mi sueldo anual como profesor universitario) y lo único que tenía que hacer era ofrecer una visión sobre el “futuro de la tecnología”.

Nunca me ha gustado hablar del futuro. Las rondas de preguntas siempre acaban siendo como juegos de salón en los que se me pide que opine sobre las palabras de moda en el campo de la tecnología punta como si fueran indicadores bursátiles para posibles inversiones, por ejemplo la blockchain, la impresión 3D o CRISPR. Rara vez el público está verdaderamente interesado en aprender sobre estas tecnologías o en su potencial impacto más allá de la elección entre invertir en ellas o no. Pero como poderoso caballero es Don Dinero, acepté el bolo.

En cuanto llegué me llevaron a lo que yo creí que era un camerino pero, en vez de colocarme un micrófono o llevarme al escenario, me senté en una simple mesa redonda mientras el público venía hacia mí: cinco tipos forrados (sí, todos hombres) de las más altas esferas de los fondos de inversiones libres. Después de algo de cháchara me di cuenta de que no tenían ningún interés en la información que yo había preparado sobre el futuro de la tecnología. Tenían sus propias preguntas.

Empezaron de forma bastante inofensiva. ¿Ethereum o bitcoin? ¿La computación cuántica es algo serio? Sin embargo, poco a poco comenzaron a hablar de sus verdaderas preocupaciones.

¿Qué región se verá menos afectada por la crisis climática que se avecina: Nueva Zelanda o Alaska? ¿Es verdad que Google está construyendo un hogar para el cerebro de Ray Kurzweil y que su conciencia sobrevivirá a la transición o, en cambio, morirá y renacerá como una nueva? Por último, el director ejecutivo de una agencia de corredores de bolsa me explicó que ya casi había terminado la construcción de su propio (sistema) búnker subterráneo y preguntó: “¿Cómo puedo mantener la autoridad sobre mi cuerpo de seguridad después del suceso?”.

A pesar de toda su riqueza y poder, no creen poder tener ningún impacto en el futuro.

El suceso. Ese era su eufemismo para el colapso medioambiental, la agitación social, la explosión nuclear, los virus imparables o el hackeo de Mr. Robot que hace que todo se desmorone.

Esa sola pregunta nos mantuvo ocupados durante el resto de la hora. Sabían que necesitarían guardias armados para proteger sus propiedades de las masas enfurecidas pero… ¿Cómo pagarían a los guardias cuando el dinero no valiera nada? ¿Qué impediría a los guardias elegir a su propio líder? Los multimillonarios habían pensado utilizar unos candados especiales en las reservas de comida cuyas combinaciones solo conocieran ellos. O hacer que los guardias llevaran algún tipo de collares disciplinarios a cambio de su supervivencia. O quizás construir robots que hicieran las veces de guardias y trabajadores, si es que esa tecnología se llegase a desarrollar a tiempo.

Ahí fue cuando me di cuenta: aquella era una conversación sobre el futuro de la tecnología, al menos en lo que respecta a aquellos hombres. Siguiendo el ejemplo de Elon Musk colonizando Marte, de Peter Thiel revirtiendo el proceso de envejecimiento o de Sam Altman y Ray Kurzweil transfiriendo sus mentes a superordenadores, estos hombres se preparaban para un mundo digital que tenía poco que ver con hacer del mundo un lugar mejor y mucho con trascender la condición humana en su conjunto y aislarse del peligro real y presente que supone el cambio climático, la subida del nivel  del mar, las migraciones masivas, las pandemias globales, el pánico nacionalista y el agotamiento de los recursos. Para ellos el futuro de la tecnología se centra en una sola cosa: escapar.


No hay nada de malo en las opiniones descabelladamente optimistas sobre cómo la tecnología podría beneficiar a la sociedad humana, pero la tendencia actual hacia una utopía posthumanista es otra cosa. Más que una visión para la migración completa de la humanidad hacia un nuevo estado de ser, se trata de una búsqueda para trascender todo lo humano: el cuerpo, la interdependencia, la compasión, la vulnerabilidad y la complejidad. Tal y como los filósofos tecnólogos han estado señalando durante años, la visión transhumanista actual reduce toda nuestra realidad a datos con demasiada facilidad, concluyendo que “los humanos no son más que objetos que procesan información”.

Metafóricamente hablando, es como si redujeramos la evolución del ser humano a un videojuego en el que alguien gana al encontrar una vía de escape y deja que algunos de sus mejores amigos se cuelen con él. ¿Será esa persona Musk, Bezos, Thiel… o Zuckerberg? Estos multimillonarios son los supuestos ganadores de la economía digital, el mismo escenario corporativo basado en la ley del más fuerte que alimenta gran parte de esta especulación desde un principio.

Pero no siempre ha sido así, claro está. Hubo un breve momento al principio de los años 90 en el que el futuro digital parecía ilimitado y abierto a cualquier nueva idea. Por aquel entonces la tecnología se estaba convirtiendo en el terreno de juego de de la contracultura, que vio en ella la oportunidad de crear un futuro más inclusivo, distribuido y a favor de las personas. Sin embargo, los intereses comerciales establecidos tan solo vieron un nuevo potencial para el mismo extractivismo de siempre y demasiados tecnólogos se vieron seducidos por las salidas a bolsa. Los futuros digitales se entendieron como futuros de acciones o de algodón, algo que predecir y por lo que apostar. Así que casi todos los discursos, artículos, estudios, documentales o informes se consideraban relevantes únicamente si hacían referencia a un símbolo bursátil. El futuro pasó de ser algo que creamos mediante nuestras acciones o esperanzas para la humanidad a un escenario predestinado por el que apostamos con nuestro capital de riesgo pero al que llegamos de forma pasiva.

Esto supuso una liberación de las implicaciones morales de las actividades que se realizaban. El desarrollo tecnológico dejó de ser una historia de prosperidad colectiva y se convirtió en una historia de supervivencia personal. Y lo que es peor: comprendí que señalar todo esto era una forma involuntaria de posicionarse como enemigo del mercado o como un cascarrabias en contra de la tecnología.

Así que en vez de recapacitar sobre la ética práctica de empobrecer y explotar a muchos en nombre de unos pocos, la mayoría de los académicos, periodistas y escritores de ciencia ficción trataron unos misterios mucho más abstractos y rocambolescos: ¿Es justo que un corredor de bolsa consuma drogas inteligentes? ¿Se debería colocar implantes para que los niñxs aprendan idiomas? ¿Queremos que los vehículos autónomos den prioridad a la vida de los peatones sobre la de sus pasajeros? ¿Deberían las primeras colonias en Marte ser gobernadas como democracias? ¿Cambiar mi ADN socava mi identidad? ¿Deben tener derechos los robots?

A pesar de que preguntarse este tipo de cuestiones sea entretenido desde un punto de vista filosófico, resulta un pobre sustituto de la lucha contra los verdaderos dilemas morales asociados al desarrollo tecnológico desenfrenado en nombre del capitalismo corporativo. Las plataformas digitales han convertido un mercado ya de por sí explotador y extractivo (pensemos en Walmart) en un sucesor aún más deshumanizador (pensemos en Amazon). La mayoría de nosotros ya nos hemos dado cuenta de las desventajas que esto produce en forma de trabajos automatizados, la economía del contratismo y la desaparición del comercio local al por menor.

El futuro pasó de ser algo que creamos mediante nuestras acciones o esperanzas para la humanidad a un escenario predestinado en el que apostamos con nuestro capital de riesgo pero al que llegamos de forma pasiva.

Pero el impacto más devastador del capitalismo digital acelerado recae sobre el medioambiente y en la población pobre del mundo. La fabricación de algunos de nuestros ordenadores y teléfonos móviles sigue utilizando redes de trabajo esclavo. Estas prácticas están tan profundamente arraigadas que una empresa llamada Fairphone (“teléfono justo” en inglés), cuyo objetivo era la creación y comercialización de teléfonos éticos, descubrió que era imposible (ahora el fundador de la compañía se refiere con tristeza a sus productos como teléfonos ‘más justos’).

Mientras tanto, la extracción de metales preciosos de la tierra y el desecho de nuestras tecnologías digitales de última generación destruye los hábitats humanos, reemplazándolos por vertederos de residuos tóxicos que más adelante los niños campesinos y sus familias recorren, recogiendo y vendiendo materiales que pueden ser utilizados otra vez por los fabricantes.

Esta externalización de la pobreza y de la toxicidad basada en el ‘ojos que no ven, corazón que no siente’ no desaparece al ponernos unas gafas de realidad virtual y sumergirnos en una realidad alternativa. Más bien al contrario: cuanto más ignoremos las repercusiones sociales, económicas y medioambientales, mayor será el problema. Esto a su vez provoca un abandono, un aislacionismo y una fantasía apocalíptica mayores, así como unas tecnologías y unos planes empresariales más desesperados. Es la pescadilla que se muerde la cola.

Cuanto más comprometidos estemos con esta visión del mundo, más daremos cuenta de que el ser humano es el origen del problema y la tecnología su solución. La propia esencia de lo que significa ser humano se trata menos como un rasgo que como un fallo. A pesar de sus prejuicios implícitos, las tecnologías se declaran neutrales. Cualquier mal comportamiento que provoquen en nosotros es considerado un reflejo de nuestro propio ‘yo’ corrupto. Es como si culpáramos de nuestros problemas al salvajismo innato humano. Así como la incompetencia de un mercado local de taxis puede “solucionarse” con una aplicación que lleva a la bancarrota a los conductores, las molestas incoherencias de la psique humana pueden corregirse con una actualización digital o genética.

Por último, según la ortodoxia tecnosolucionista, el futuro humano culminará al cargar nuestra conciencia a un ordenador o, quizás mejor, al aceptar que la tecnología en sí misma es nuestro sucesor evolutivo. Como miembros de una secta gnóstica, anhelamos entrar en la siguiente fase trascendente de nuestro desarrollo, despojándonos de nuestros cuerpos y abandonándolos, junto con nuestros pecados y problemas.

Nuestras películas y programas de televisión hacen realidad estas fantasías. Las series de zombies presentan un postapocalipsis en el que las personas no son mejores que los muertos vivientes y parece que lo saben. Y lo que es peor: estos programas invitan a los espectadores a concebir el futuro como una batalla sin ganadores entre los seres humanos que sobreviven y en el que la supervivencia de un grupo depende de la muerte del otro. Incluso Westworld, una serie basada en una novela de ciencia ficción en la que los robots están fuera de control, terminó su segunda temporada con la revelación definitiva: los seres humanos son más simples y predecibles que las inteligencias artificiales que creamos. Los robots aprenden que todos nosotros podemos acabar reducidos a unas pocas líneas de código y que somos incapaces de tomar decisiones deliberadamente. Maldita sea, ¡si hasta los robots de la serie quieren escapar de los confines de sus cuerpos y pasar el resto de sus vidas en una simulación por ordenador!

La gimnasia mental necesaria para llevar a cabo un cambio de papeles tan drástico entre humanos y máquinas depende de la suposición de que los humanos somos una mierda: o los cambiamos o nos alejamos de ellos para siempre.

Así se explica que tengamos multimillonarios de la tecnología lanzando coches eléctricos al espacio, como si esto simbolizara algo más que la capacidad de un multimillonario para la promoción corporativa. Y si unos pocos realmente alcanzan la velocidad de escape y de alguna forma logran sobrevivir en una burbuja en Marte (a pesar de ser incapaces de mantener esa burbuja aquí en la Tierra en dos ensayos de biosfera de millones de dólares) el resultado no será tanto una continuación de la diáspora humana como un bote salvavidas para la élite. 


Cuando los inversores de fondos me preguntaron que cuál sería la mejor forma de mantener la autoridad sobre su cuerpo de seguridad tras “el suceso”, les sugerí que su mejor opción sería tratar a esas personas muy bien ahora mismo. Deberían relacionarse con su personal de seguridad como si fueran miembros de su propia familia. Y cuanto más puedan expandir esa ética de inclusión al resto de sus prácticas corporativas, gestión de cadenas de suministro, esfuerzos de sostenibilidad y distribución de la riqueza, menos posibilidades habrá de que se produzca un “suceso” en primer lugar. Toda esta magia tecnológica se podría aplicar ahora mismo hacia unos intereses menos románticos pero sí más colectivos.


Mi optimismo les hizo gracia pero no acabaron de creérselo. No estaban interesados en cómo evitar una calamidad, están convencidos de que hemos traspasado el punto de no retorno. A pesar de toda su riqueza y poder, no creen poder tener ningún impacto en el futuro. Tan solo aceptan el escenario más sombrío y ofrecen el dinero y la tecnología que sean necesarios para aislarse del resto –sobre todo si no pueden conseguir un asiento para el cohete a Marte.

Afortunadamente, aquellos que no contamos con los fondos para considerar despojarnos de nuestra propia humanidad tenemos mejores opciones a nuestro alcance. No tenemos por qué usar la tecnología de una forma tan antisocial y fulminante. Podemos convertirnos en los consumidores y perfiles individualistas que nuestros dispositivos y plataformas quieren que seamos… o podemos recordar que el ser humano evolucionado de verdad no camina solo.

Ser humano no significa sobrevivir o escapar individualmente. Es un trabajo en equipo. Lo que sea que el futuro depare a los humanos, ahí estaremos. Juntos.



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Producido por Guerrilla Translation bajo una Licencia de Producción de Pares.


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