Pensar desde los comunes 1: el redescubrimiento del procomún

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Traducido por Georgina Reparado, editado por Susa Oñate

El redescubrimiento del procomún es el primer capítulo de Pensar desde los comunes, el libro de David Bollier que buscamos traducir, liberar online y publicar en formato físico mediante la red editorial agrupada en la campaña de financiamiento colectivo Think Global, Print Local.

Las mujeres de Erakulapally, un pequeño pueblo a dos horas de Hyderabad, India, extendieron una manta en el suelo polvoriento y vertieron con delicadeza sobre ella sacos con semillas de colores vibrantes y olor acre. Así formaron treinta montones: su tesoro. Para estas mujeres (todas ellas dalit o intocables, miembros de la casta social más baja y pobre de la India) las semillas significan mucho más que solo semillas. Son símbolos de su emancipación y de la restitución del ecosistema local. Las semillas de cosecha propia han permitido que miles de mujeres de pueblos pequeños de la región india de Andhra Pradesh escapen de su destino de trabajo forzado y mal pagado y se reinventen como agricultoras autosuficientes y orgullosas.  

Cuando visité Erakulapally en 2010, bajo los auspicios de la Sociedad para el Desarrollo Deccan, los precios de los alimentos en India se estaban disparando a un ritmo del 18 por ciento anual, generando malestar social y hambre en muchas partes del país. Pero cinco mil mujeres con sus familias en setenta y cinco aldeas de Andhra Pradesh tenían más que suficiente para cubrir sus necesidades (dos comidas al día en lugar de una, como antes) y, sobre todo, habían logrado la seguridad alimentaria sin necesidad de recurrir a semillas genéticamente modificadas, monocultivos, pesticidas, especialistas foráneos, subsidios gubernamentales ni mercados inestables. La conquista de la soberanía alimentaria, como se la llama, constituye un logro de suma importancia porque este grupo está marginado a varios niveles: son mujeres, “intocables”, rechazadas socialmente, pobres y campesinas.

Durante la Revolución Verde de las décadas de 1960 y 70, los gobiernos y fundaciones occidentales forzaron la introducción del cultivo comercial de arroz y trigo a gran escala en los países supuestamente en vías de desarrollo. Esto ayudó a mitigar el hambre a corto plazo, pero también introdujo cultivos que son ajenos a muchos ecosistemas indios y que requieren de pesticidas costosos y dañinos. Estos nuevos cultivos también son más vulnerables a las sequías y a los volátiles precios del mercado. La verdadera tragedia es que la Revolución Verde desplazó los granos tradicionales basados en el mijo, que generaciones enteras de campesinos habían cultivado hasta entonces. Los gastos y lo imprevisible del monocultivo comercial (además de los fracasos financieros y agrícolas que generalmente conllevan) son las causas infames de la epidemia de suicidios que doscientos mil campesinos cometieron durante la última década.

Las mujeres de Erakulapally descubrieron que los cultivos tradicionales son mucho más adecuados medioambientalmente al entorno semiárido de Andhra Pradesh, y a sus regímenes de precipitaciones y tipos de suelo, que las semillas occidentales patentadas. Pero para recuperar las antiguas formas de biodiversidad agrícola, tuvieron que pedirles a sus madres y abuelas que rescataran del olvido cuantas semillas pudieran. Con el tiempo, encontraron en áticos y cajas fuertes semillas suficientes para iniciar la siembra y, finalmente, después de muchas cosechas, lograron revivir su tradicional cultivo mixto. La práctica consiste en sembrar seis o siete semillas diferentes en el mismo campo para generar una especie de “seguro ecológico”. Más allá de que llueva mucho o poco, o de si la lluvia llega demasiado tarde o temprano, alguna de entre todas las semillas crecerá. Las familias tendrán para comer, sea cual sea el clima, y lo lograrán sin necesidad de comprar semillas caras y modificadas genéticamente ni pesticidas y fertilizantes sintéticos.

“La recuperación de la agricultura tradicional no provino de una “transferencia tecnológica” o de investigación agrícola subsidiada por el estado. Fue posible gracias a un proceso autónomo y artesanal de recuperación de “la sabiduría del pueblo” y del fomento deliberado de la colaboración social y del intercambio de semillas. En los pueblos que comparten semillas, todos los campesinos poseen hoy un conocimiento cabal de todos los granos que utilizan, y cada casa cuenta con su propio “banco genético” o colección de semillas. “Nuestras semillas, nuestra sabiduría”, dicen las mujeres, porque cada semilla es una cápsula de su conocimiento.”

La recuperación de la agricultura tradicional no provino de una “transferencia tecnológica” o de investigación agrícola subsidiada por el estado. Fue posible gracias a un proceso autónomo y artesanal de recuperación de “la sabiduría del pueblo” y del fomento deliberado de la colaboración social y del intercambio de semillas. En los pueblos que comparten semillas, todos los campesinos poseen hoy un conocimiento cabal de todos los granos que utilizan, y cada casa cuenta con su propio “banco genético” o colección de semillas.

“Nuestras semillas, nuestra sabiduría”, dicen las mujeres, porque cada semilla es una cápsula de su conocimiento. Nadie puede comprarlas ni venderlas; solo está permitido compartirlas, prestarlas o intercambiarlas; y no se las considera como “ingreso económico”. Los aldeanos tienen una relación “social”, cuasi mística, con las semillas y esa es la razón, sutil pero importante, por la que las mujeres lograron emanciparse. “Cada uno de los cultivos significa algo en la vida de una mujer”, dice P.V. Satheesh de la Sociedad de Desarrollo Deccan. “Las semillas son fuente de dignidad”.

El procomún de intercambio de semillas de Andhra Pradesh ilustra una característica importante de lo comunal: que puede emerger en casi cualquier lugar y ser sumamente generativo en circunstancias inestables. No existe un inventario maestro de comunes. Pueden generarse en el momento en que una comunidad decida gestionar un recurso de manera colectiva, y preste particular atención a la sostenibilidad, el acceso y el uso equitativos.

El título de este capítulo, “El redescubrimiento del procomún”, tiene su lado irónico porque para cientos de millones de personas en todo el mundo los comunes nunca han estado ocultos, sino que han formado parte de sus vidas durante siglos y les nutren cada día en forma de alimento, leña, agua de riego, pesca, caza, frutos y bayas silvestres, y mucho más. Estos comunes, como los de todos los pueblos indígenas, se suelen considerar invisibles o de poca importancia, incluso al día de hoy. Los economistas dirán que solo el mercado tiene el poder de satisfacer nuestras necesidades básicas. Pero el “redescubrimiento” actual del procomún sugiere otra cosa. Las sociedades industrializadas obsesionadas con el mercado están comprendiendo gradualmente que el Mercado y el Estado no son las únicas maneras de organizar la sociedad ni de gestionar los recursos.

Pero el camino que lleva al entendimiento del procomún demanda un esfuerzo de voluntad para reparar en las particularidades, para ver el potencial creativo de las relaciones sociales y abandonar la búsqueda de universales abstractos y certezas predecibles. Lo comunal funciona porque las personas llegan a conocer y experimentar las condiciones singulares de la gestión de un recurso, y terminan dependiendo los unos de los otros y encariñándose con este bosque o ese lago o aquella parcela de tierra. Las relaciones que se crean entre las personas y sus recursos importan.

Y la historia también importa. Las circunstancias históricas, los líderes, las normas culturales y otros factores concretos que están presentes en un momento determinado pueden ser cruciales para el éxito de un comunal. Los comunes crecen y persisten porque un grupo específico de personas desarrollan prácticas sociales y corpus de conocimiento propios con el fin de gestionar un recurso dado. Todos los bienes comunes son especiales porque cada uno ha evolucionado con respecto a un recurso o paisaje específico y a una historia local y unas tradiciones particulares.

Consideremos las circunstancias poco probables en las que surgió uno de los programas de software más populares y exitosos de la historia: el bien común que conocemos como GNU/Linux.

Linus Torvalds, un estudiante universitario finlandés, decidió crear su propio sistema operativo informático en 1991, cuando solo contaba con 21 años de edad. Este era un proyecto ambicioso al punto del ridículo porque los sistemas operativos son espantosamente extensos y complicados, algo que solo las grandes corporaciones pueden permitirse dado su enorme costo de producción y distribución. Pero Torvalds estaba harto del precio y la complejidad de Unix, el programa principal para servidores en aquel momento, por lo que se propuso construir un sistema operativo que funcionara en su computadora personal. Por suerte, Internet estaba popularizándose como medio para enviar correos electrónicos y archivos (la World Wide Web o red informática mundial aún no se había inventado).

Torvalds lanzó una versión inicial del programa para un grupo online y, en cuestión de meses, recibió sugerencias para mejorarlo y fragmentos de código de cientos de colaboradores voluntarios. En el transcurso de unos pocos años, se había establecido una comunidad colaborativa de varios cientos de hackers para trabajar en el nuevo programa. Torvalds le llamó Linux, juego de palabras que combinaba “Unix” con su nombre, “Linus”. Varios años después, cuando el núcleo o kernel llamado Linux se fusionó con una suite de programas conocida como GNU y desarrollada por Richard Stallman, fundador de la Free Software Foundation [Fundación para el software libre], nació un sistema operativo completo que se podía usar en computadoras personales: GNU/Linux, comúnmente conocido como “Linux”.

Esto significó una conquista sorprendente e inesperada. Demostró que los amateurs podían crear un programa de software de gran complejidad, pero también que Internet es una infraestructura de servidores extremadamente productiva para la colaboración social. Una comunidad virtual de hackers seleccionados por ellos mismos, sin nómina ni estructura corporativa, se había organizado para constituir un bien común tremendamente creativo, innovador y basado en el mérito. Y lo increíble es que ¡funcionó!

El experimento con Linux sirvió de modelo fundacional para lo que en general se conoce como producción entre iguales orientada al procomún [commons-based peer production], una forma de colaboración online que invita a un gran número de personas a aunar fuerzas a través de plataformas de redes abiertas. La manera de crear procomún de GNU/Linux conformó el modelo social que luego inspiró proyectos colaborativos como Wikipedia (y cientos de wikis menos conocidas) además de publicaciones especializadas de acceso abierto, en las que las que las disciplinas académicas reclaman el control sobre su trabajo a las editoriales comerciales para convertirlo en contenido gratuito y compartible. Linux también hizo posibles innovaciones recientes como las redes sociales; la colaboración abierta distribuida o crowdsourcing para la captación de fondos y la distribución de información; así como proyectos de diseño y fabricación abiertos como el Global Village Construction Set [set de construcción para la aldea global], una colección de cincuenta modelos de equipamiento agrícola económico fabricado bajo los principios del código abierto.

“El experimento de Linux desafió algunos de los principios aparentemente inviolables de la economía. Demostró que la interacción de individuos racionales movidos por el interés personal negociando en el mercado no es la única manera de generar riqueza. De hecho, comprobó que la “riqueza” en sí misma es mucho más que grandiosas cantidades de acciones, bonos y efectivo. La riqueza verdadera bien puede ser un recurso comunitario y el complejo conjunto de relaciones sociales que la posibilitan. La historia de Linux es prueba concluyente de que los comunes tienen una gran capacidad generativa y son contemporáneos, completamente prácticos y efectivos.”

Como veremos en el Capítulo 8, el experimento de Linux desafió algunos de los principios aparentemente inviolables de la economía. Demostró que la interacción de individuos racionales movidos por el interés personal negociando en el mercado no es la única manera de generar riqueza. De hecho, comprobó que la “riqueza” en sí misma es mucho más que grandiosas cantidades de acciones, bonos y efectivo. La riqueza verdadera bien puede ser un recurso comunitario y el complejo conjunto de relaciones sociales que la posibilitan. La historia de Linux es prueba concluyente de que los comunes tienen una gran capacidad generativa y son contemporáneos, completamente prácticos y efectivos.

No existe una fórmula estándar o plantilla para crear procomún; eso es lo que revela el análisis de cualquier comunal determinado. Tampoco es el procomún ninguna utopía ni panacea. El desacuerdo existe entre los comuneros; también los choques de personalidades y los debates internos sobre qué funciona mejor y qué es justo. Puede haber problemas estructurales de gobernanza e interferencias políticas externas, pero el propósito de los comuneros es resolver cuestiones prácticas y difíciles como: ¿cuál es la mejor manera de regar estas veinte hectáreas cuando el agua escasea?; o ¿cuál es la forma más justa de asignar el acceso a una zona costera de pesca escasa? Los comuneros no temen enfrentarse tampoco al problema de los holgazanes, gamberros u oportunistas: individuos que quieren beneficiarse sin asumir las responsabilidades correspondientes.

El quid de la cuestión es que el procomún es un paradigma práctico para la gobernanza autónoma, la gestión de recursos y el “buen vivir”. Los comuneros suelen negociar resoluciones satisfactorias para alcanzar sus propósitos comunes sin la intromisión de mercados ni burocracias gubernamentales. Se esfuerzan por encontrar las mejores formas de gestionar un recurso colectivo y  procedimientos para crear normativas de operación que funcionen. Comprenden la necesidad de establecer prácticas efectivas para prevenir la sobreexplotación de su bosque, lago o tierra de cultivo. Acuerdan asignaciones equitativas de tareas y derechos. Y gustan de ritualizar e internalizar sus hábitos colectivos y ética administrativa, que con el tiempo maduran en una hermosa cultura.

La tendencia de algunas personas a “desertar” de los acuerdos comunes y socavar los esquemas potenciales que, de conformarse, beneficiarían a todos es un desafío constante. Estas actitudes pueden plasmarse en la especulación privada sobre un recurso colectivo o, peor todavía, en una caótica lucha libre que lo destruya. A esta situación se la conoce como “problema de acción colectiva”. Los científicos sociales pasan mucho tiempo estudiando el motivo por el cual los problemas de acción colectiva son tan difíciles de tratar y buscando la manera de resolverlos. Ahondaremos sobre este tema en el Capítulo 2.

Es de mucha utilidad comprender que los comunes no son solo cosas o recursos. Los que no están familiarizados con la disciplina académica sobre el procomún suelen cometer ese error, ya sean economistas que tienden a objetivarlo todo o comuneros que creen que determinado recurso debe gobernarse como un bien común (lo que yo llamo un “procomún aspiracional”). Los comunes incluyen definitivamente recursos físicos e intangibles de todo tipo, pero podemos definirlos con mayor precisión como paradigmas que combinan una comunidad determinada con un conjunto de prácticas sociales, valores y normas utilizadas para gestionar esos recursos. Dicho de otra manera, el procomún es un recurso + una comunidad + un conjunto de protocolos sociales. Los tres elementos conforman un todo integrado e interdependiente.

Desde esta perspectiva, la pregunta a plantear no es si el Lago Rosa de Senegal o las bases de datos genómicas en internet son comunales, sino más bien si una comunidad determinada se encuentra motivada para gestionar un recurso como un bien común, y si puede generar las reglas, normas y sanciones coercitivas para hacer que el sistema funcione. Cuando se lee de esta manera, es interesante considerar las categorías dudosas de fuentes de reservas de uso común que pueden gobernarse comunalmente.

Un clan de fornidos surfistas de la costa norte de Oahu (Hawái) comparte la pasión por remontar las gigantescas olas de la playa de Banzai Pipeline. A esta playa se la ha comparado con el Monte Everest del surf: un lugar donde los mejores van a probar su temple y valor.  No sorprende que haya disputas sobre quién tiene derecho a montar qué olas, y hostilidad con los forasteros que no respetan los protocolos de la práctica del surf que instauraron los que allí viven. “Es un entorno peligroso, y si no hubiera pautas de control autogestionadas, sería un caos”, le dijo Randy Rarick, director ejecutivo de la competición Vans Triple Crown of Surfing, a un periodista del New York Times. Otro surfista señaló que “si una persona se cae sobre otra y la hiere, o si te das un golpe y te lastimas, las consecuencias son graves”.

Para lidiar con estos problemas, un colectivo social autónomo se agrupó bajo el nombre de Wolfpak [manada de lobos] con el objetivo de gestionar el uso de un recurso local muy estimado pero escaso: las enormes olas. Los miembros de Wolfpak establecieron sus propias reglas para el uso seguro, ordenado y justo de las olas y para mantener su propia comunidad. Ellos deciden qué olas le corresponde montar a cada uno, y castigan a los que violan su código social de etiqueta para el surf. Isaiah Helekunihi Walker, catedrático de historia que ha escrito sobre la cultura surfer de la costa norte, comentó: “Para los hawaianos, el respeto es un concepto importante, sobre todo en el mar”. Cuando llegaron surfistas australianos y sudafricanos a la playa jactándose de sus destrezas, los oriundos de Pipeline no lo tomaron muy bien.

De vez en cuando hay conflictos entre surfistas, particularmente entre locales y forasteros, lo que plantea preguntas interesantes: ¿Quién es el administrador legítimo de la Pipeline, los surfistas locales o las autoridades estatales que detentan el poder legal para controlar la playa? ¿Las preocupaciones de los oriundos deben primar sobre las de los extranjeros? ¿De quién es ese comunal, en todo caso? ¿Y cuáles son las formas más imparciales y efectivas de protegerlo?

El procomún de los Wolfpak se parece a algunos vecindarios de Boston que han inventado sus propias reglas para gestionar el estacionamiento en la calle durante los meses que nieva en invierno. Cuando Boston sufre las inclemencias de las grandes nevadas, inmediatamente se hace más difícil encontrar lugar en la calle para aparcar el auto, lo que puede causar dificultades a quienes no viven en casas unifamiliares con garaje. Por eso, en algunos vecindarios, los residentes han redactado un acuerdo común que establece que si un vecino se toma el trabajo de despejar con su pala un montón enorme de nieve para crear un espacio de estacionamiento, tiene el derecho de utilizarlo hasta que la nieve se derrita. Y señalan su derecho a estacionar en un determinado lugar colocando una silla plegable vieja y oxidada o algún otro artículo del hogar estropeado en el espacio de estacionamiento vacío.

Es de lo más común que la gente que no es del vecindario intente quitar las sillas y estacionar allí. O puede ocurrir que algún vecino residente trate de meterse a hurtadillas en el lugar de otro. Este es el clásico problema del oportunismo, y se sabe que ha desencadenado peleas y conflictos. Es por eso que los vecinos residentes quieren aplicar sus reglas informales no estatutarias.

La catedrática Elinor Ostrom me dijo una vez que eso era un comunal. Quedé perplejo. ¿Cómo? ¿Por qué? Me explicó que las reglas de autoorganización del vecindario para estacionar durante las nevadas representan “un acuerdo compartido sobre la asignación de derechos de uso escasos”; en ese sentido, es un comunal. Como la asignación de acceso a las grandes olas de los Wolfpak, el “procomún de estacionamiento” de los vecinos de Boston es un caso de autogestión efectiva.

“Cada uno de los comunes descritos anteriormente surgió espontáneamente, sin la dirección ni la supervisión de instituciones centralizadas ni gobiernos. Cada uno de ellos está comprometido con causas colectivas mayores, al mismo tiempo que brindan beneficios personales a los individuos. Ninguno está motivado por el ánimo de lucro colectivo o personal, al menos no directamente. En la mayoría de los comunes, de hecho, el mercado es una presencia más bien periférica. Sin embargo, la producción real y la gobernanza tienen lugar incluso sin la presencia directa de los mercados ni del estado.”

Pero desde la perspectiva gubernamental, el procomún de estacionamiento del vecindario es un caso de “tomarse la justicia por su mano”. Los gobiernos suelen celar su autoridad y comportarse con hostilidad frente a cualquier incursión, por pequeña que sea, en su capacidad de crear e imponer políticas oficiales. Por otro lado, la lección de Wolfpak y del procomún de estacionamiento es que los comunes locales son capaces de proporcionar tipos de gestión y orden que las burocracias gubernamentales y las leyes formales no pueden. Acaso uno no pueda fiarse de los quitanieves de Boston a la hora de despejar la nieve de las calles, y la aplicación de las leyes de estacionamiento a manos del ayuntamiento también puede ser poco fiable o costosa. Las autoridades hawaianas quizás no quieran contratar a un policía o a un salvavidas para vigilar la playa Banzai Pipeline (¿dejando así un vacío de gobernanza?), o puede que dichas tareas se consideren poco prácticas o incluso “nimias” para una gran burocracia.

¿Y los comuneros? Generalmente cuentan con grandes reservas de conocimiento, imaginación, ingenio y compromiso. Es probable que su gobernanza informal funcione mejor que las formas oficiales de gobierno.

De hecho, como las negociaciones explícitas entre comuneros se arraigan de tal forma que terminan convirtiéndose en hábitos, la costumbre se transforma en una especie de “ley vernácula” invisible. La ley vernácula se origina en las zonas sociales informales de la sociedad (cafés, escuelas, playas, la calle), y se convierte en una fuente de orden efectivo y de legitimidad moral por derecho propio. Las normas sociales como la de hacer cola (y castigar a los que se cuelan) y la de los buenos modales en las comidas (no servirse la última porción) son una especie de procomún pasivo que la mayoría hemos internalizado como “así se hacen las cosas”. Dichas normas constituyen una forma implícita de bien común para gestionar el acceso a recursos limitados.

Cada uno de los comunes descritos anteriormente surgió espontáneamente, sin la dirección ni la supervisión de instituciones centralizadas ni gobiernos. Cada uno de ellos está comprometido con causas colectivas mayores, al mismo tiempo que brindan beneficios personales a los individuos. Ninguno está motivado por el ánimo de lucro colectivo o personal, al menos no directamente. En la mayoría de los comunes, de hecho, el mercado es una presencia más bien periférica. Sin embargo, la producción real y la gobernanza tienen lugar incluso sin la presencia directa de los mercados ni del estado.

Lo bello del procomún como paradigma “redescubierto” reside tanto en su generalidad como en su particularidad. Encarna principios amplios (la participación democrática, la transparencia, la equidad y el acceso para uso personal), pero también se manifiesta en modos sumamente idiosincrásicos. Por eso, me gusta comparar el procomún con el ADN. Los científicos dirán que el ADN está ingeniosamente poco especificado precisamente para que el código de la vida pueda adaptarse a las circunstancias locales. El ADN no es de carácter fijo ni determinista, es parcial y flexible, crece y se modifica. El procomún se parece a un organismo vivo en cuanto a que coevoluciona con su entorno y su contexto, y se adapta a las contingencias locales. Es probable que un bosque comunal en Vermont no se parezca a uno en Nepal o en Alemania, porque difiere de los ecosistemas locales, el tipo de árboles, las economías, las historias culturales y muchas otras cosas. Y aún así los comunes en cada uno de estos sitios son, no obstante, comunes: regímenes estables para la gestión de recursos compartidos de manera equitativa y para beneficio de los comuneros participantes. El principio de “diversidad en la unidad” que encarna el procomún es lo que hace tan versátil y poderoso al paradigma de los comunes (y tan confuso para los economistas y los legisladores tradicionales).

Lo que resulta crucial para la creación de cualquier comunal, como mencioné antes, es que una comunidad decida que quiere comprometerse con las prácticas sociales de gestión de un recurso para el beneficio de todos. Esta práctica se conoce como hacer procomún. El gran historiador de los comunes, Peter Linebaugh, ha señalado que “no existe el bien común sin la práctica de hacer procomún”. Es importante que recordemos este aspecto porque subraya que el procomún no se trata únicamente de recursos compartidos, sino que enfatiza las prácticas y los valores sociales que concebimos para gestionarlos.

El ejercicio del procomún actúa como una suerte de giroscopio moral, social y político que brinda estabilidad y proporciona un centro. Cuando las personas se reúnen, comparten las mismas experiencias y prácticas y acumulan un corpus de conocimiento práctico y tradiciones, emergen circuitos sociales productivos que crean modelos duraderos de energía social capaz de llevar a cabo trabajo serio, y que proporcionan beneficios continuos a la comunidad. En este sentido, el procomún se asemeja a un campo magnético de energía moral y social. Puede que el campo de fuerzas sea invisible para el ojo inexperto, y sus efectos incluso pueden parecer mágicos. Pero ya es hora de enfrentar los hechos: el procomún constituye un sistema versátil para organizar flujos seguros de energía social productiva y creativa.


Imagen principal de Mateusz Zaczkiewicz

 

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