La crisis de la representación y la autoliberación

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Traducido por Lara San Mamés, editado por Susa Oñate

Para superar la crisis de la democracia y reafirmar nuestra autonomía es necesario que primero liberemos nuestro “yo” vacío del sinsentido del consumismo y la conformidad.

Medio año después del segundo mandato de Obama podemos ver claramente lo que se ha hecho durante su administración. Trajo al mundo el fraude bancario a gran escala, los ataques con drones, el arresto indefinido, el asesinato de ciudadanos norteamericanos y una guerra sin precedentes contra los delatores. La retórica de la esperanza y el cambio ha revelado finalmente y sin lugar a dudas su verdadera cara. El destacado intelectual disidente Noam Chomsky ha resaltado cómo el atentado de Obama contra los derechos civiles ha llegado más lejos de lo que él mismo podría haberse imaginado. Todos estos indicadores marcan el peligroso acercamiento hacia el totalitarismo que en la actualidad parece ir en aumento.

Los documentos de Edward Snowden provenientes de la NSA [Agencia de Seguridad Nacional por sus siglas en inglés] revelaron al mundo la vigilancia global masiva y el hecho de que los EE.UU. se han convertido en los Stasi Unidos de América. La decadencia de la democracia en los EE.UU. es actualmente indiscutible, ya que todas las ramas del gobierno federal han empezado a traicionar los propios ideales a partir de los cuales se fundó esta nación. Los asuntos de la NSA que han quedado al descubierto han tenido un impacto global de graves consecuencias, desafiando la credibilidad de los EE.UU. a todos los niveles. Bajo un régimen de secretismo implacable, la nueva norma es la criminalización del periodismo y de cualquier oposición justa.

En los últimos meses ha tenido lugar toda una serie de ataques contra el periodismo. Ejemplos de ello son el escándalo de APA [Associated Press] sobre el registro de llamadas telefónicas por parte del Departamento de Justicia, las intervenciones a los correos electrónicos privados del periodista James Rosen de la Fox News y la detención a manos del gobierno británico de David Miranda, compañero de Glenn Greenwald, el periodista principal en dar la primicia de la noticia de la NSA. A la vista de estos recientes acontecimientos, se ha establecido en Washington una “ley escudo” contra los medios. La Comisión Judicial del Senado ha aprobado un proyecto de ley que define estrictamente lo que puede hacer un periodista, llevándose así por delante las protecciones de la Primera Enmienda en cuanto a los nuevos medios. Todo esto no solo señala las serias amenazas que sufre la libertad de prensa, sino también la tendencia general al control excesivo por parte del Estado y a la centralización del poder.

“La decadencia de la democracia en los EE.UU. es actualmente indiscutible, ya que todas las ramas del gobierno federal han empezado a traicionar los propios ideales a partir de los cuales se fundó esta nación. Los asuntos de la NSA que han quedado al descubierto han tenido un impacto global de graves consecuencias, desafiando la credibilidad de los EE.UU. a todos los niveles. Bajo un régimen de secretismo implacable, la nueva norma es la criminalización del periodismo y de cualquier oposición justa.”

Los medios de comunicación privados de EE.UU. se han tomado todo esto con calma, con la actitud de normalidad del meme británico “Mantenga la calma y siga adelante”. Tras las revelaciones de la NSA, el escritor Ted Rall planteó la pregunta que estaba en mente de todos: “¿Por qué los estadounidenses son tan pasivos?” Las flagrantes violaciones de la Cuarta Enmienda a manos de Obama han ido mucho más allá que el escándalo Watergate de Richard Nixon en 1974, hecho que le obligó a dimitir de su cargo bajo amenazas de impugnación. En medio de esta agresiva persecución por parte de Obama de todos aquellos que arrojan luz sobre los crímenes gubernamentales, ¿dónde se encuentran todos esos valientes estadounidenses? ¿Cómo ha permitido la población que se produzcan unos actos tan atroces por parte del gobierno y en contra de la Constitución?

Mientras los escándalos de la NSA seguían esclareciendo una subversión de privacidad básica aún mayor en Internet, no parecía que el redoble de los tambores de guerra –Obama preparaba por aquel entonces un ataque contra Siria– fuera una coincidencia. Aunque las revelaciones de Snowden empezaron a generar debate e iniciativas en pos de reforma por todo el país, la escala de la respuesta ha sido relativamente pequeña en comparación con las protestas en masa que irrumpieron en países como Turquía o Brasil y no ha alcanzado el pleno apogeo necesario para un cambio significativo. Uno podría preguntarse: ¿acaso a los estadounidenses no les importa? ¿O es que se sienten tan impotentes y derrotados por la maquinaria de guerra corporativa que creen que ya no pueden hacer absolutamente nada?

La rana hervida lentamente y el “buen estadounidense”

Una de las razones que explican la pasividad pública es la normalización de las políticas radicales con el paso del tiempo. Me viene a la mente la metáfora de la rana hervida lentamente. Una rana no saltaría del interior de una olla caliente si la temperatura aumentase gradualmente. La reacción instintiva de la rana al agua hirviendo puede compararse con el sentido innato en nosotros que detecta programas peligrosos, radicales o controladores y acciones descaradamente inconstitucionales e ilegales por parte de los gobiernos o grandes empresas. Nos han insensibilizado el sentido que nos permite percibir los cambios de temperatura en el entorno de esta supuesta sociedad democrática y ha quedado finalmente desactivado mediante la subversión y la gestión de la percepción.

Este control de la percepción es más flagrante en la política estadounidense, con ese péndulo artificial entre las falsas derecha e izquierda. Ejemplo de ello es la forma en la que se trató el incremento del techo de la deuda federal en el año 2011, hecho que ilustra perfectamente esta maquinación del control de la percepción. Michael Hudson, presidente del Institute for the Study of Long-Term Economic Trends (Instituto para el estudio de las tendencias económicas a largo plazo), explicó cómo se utiliza la retórica de la crisis para acelerar medidas tremendamente impopulares que de otra forma serían imposibles de llevar a cabo:

“De la misma forma que tras los ataques del 11-S el Pentágono diseñó un plan para los yacimientos petrolíferos de Irak, Wall Street ya tiene un plan para retomar la lucha de clases: impulsar una crisis para que el Sr. Obama apruebe a toda prisa el plan republicano. Ahora bien, para conseguirlo es necesario que los republicanos jueguen al “poli bueno – poli malo”. Tienen que conseguir que el Tea Party se escore tanto a la derecha y tome una posición tan inaudita como para que, en comparación, el Sr. Obama parezca razonable. Y, obviamente, él no es razonable. Es un demócrata de Wall Street, a quienes solíamos llamar republicanos.”

La definición de liberal puede variar si los adversarios cambian su punto de vista. Existe un falso partidismo que hace que el público se sienta cada vez más cómodo con lo que en realidad son ideas y acciones bastante radicales e inhumanas. Esta variante subversiva de gestión de la percepción parece haber alcanzado la cumbre con la administración actual, cuya confeccionada imagen del “Obama progresista” ha logrado convencer a la izquierda y la ha llevado a apoyar medidas de corte neoconservador que en su día afirmaban rechazar.

Glenn Greenwald, por ejemplo, ha calificado a Obama de ser un presidente mucho más eficiente a la hora de institucionalizar políticas abusivas y explotadoras que cualquier otro presidente republicano podría serlo jamás. Así, señala cómo “Mitt Romney nunca habría podido recortar en Seguridad Social o colocar Medicare en su punto de mira, ya que esto habría desencadenado un estallido de ira descomunal y una oposición continua e intensa por parte de los demócratas y progresistas, quienes le acusarían de todo tipo de cosas”. En cambio, continúa Greenwald, Obama “consiguió ganarse a los demócratas y progresistas y llevarles a participar y apoyar acciones que habían jurado que nunca jamás podrían apoyar”.

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Imagen: ROAR Mag

En su Death of the Liberal Class (La muerte de la clase liberal), Chris Hedges calificó la elección de Obama como el “triunfo del espejismo sobre la realidad” y “una hábil manipulación y traición del público por parte de la élite corporativa en el poder”. Hedges señala cómo a Obama se le votó en el año 2008 como vendedor del año de la Era de la Publicidad y que, como ocurre con todas las marcas, “el objetivo de un Obama con marca propia fue el conseguir que los consumidores pasivos confundieran una marca con una experiencia”.

Parece que esta forma subversiva de control ha evolucionado más allá de las tácticas políticas del pasado. Durante la era Bush, la manipulación era mucho más patente. Naomi Klein, autora de The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism, perfiló el uso por parte del Estado de la desorientación pública durante crisis y catástrofes con la intención de manipular. Klein muestra cómo el Estado se aprovecha de las crisis, que varían desde desastres naturales a ataques terroristas, mediante la explotación de la vulnerabilidad psicológica de la población, con el fin de acelerar sus propios planes radicales a favor de los mercados.

Un excelente ejemplo de esta “doctrina del shock” fue la etapa previa a la invasión de Irak. Tras las implosiones de las Torres Gemelas del 11-S, se implantó una atmósfera de miedo mediante la retórica de la “guerra contra el terrorismo”, acompañada de la repetición de las imágenes de las torres colapsando. A continuación tuvo lugar la infame y falaz actuación del Secretario de Estado Colin Powell ante el Consejo de Seguridad de la ONU sobre las supuestas armas de destrucción masiva iraquíes. Antes de que la población se recuperase de la horrible tragedia, la nación se vio forzada a iniciar una guerra ilegal.

Hasta ahora, la marca inventada de Obama ha resultado ser bastante efectiva para ocultar sus verdaderas intenciones y las de sus amos corporativos. El fallecido humorista George Carlin señaló la aparición del control total y progresivo del gobierno, diciendo que “cuando el fascismo llegue a Estados Unidos, no llevará camisa marrón y negra. No llevará botas militares. Llevará deportivas Nike y camisetas de caritas sonrientes”. Parece que, bajo esta apariencia de presidente liberal, galardonado con el Premio Nobel de la Paz y académico constitucional, Obama parece poder quedar impune tras aplicar políticas inauditas desde el último intento de construcción de un estado imperial totalitario. La pretensión de liberalismo normaliza hasta las políticas más extremas con una retórica elocuente pero hipócrita sobre la seguridad nacional, neutralizando de esta forma cualquier oposición. Como respuesta a las recientes filtraciones de la NSA, Obama justificó la campaña de espionaje estatal como una parte vital de los esfuerzos que el gobierno estaba llevando a cabo contra el terrorismo y declaró que la privacidad es un sacrificio necesario para garantizar la seguridad.

Lo que ha sucedido en el panorama político y social de los EE.UU. es una especie de entumecimiento de los sentidos. Las maquinaciones de las relaciones públicas, las distracciones vulgares y los deseos producidos en masa crean un tejido social falso, como si se nos añadiese una capa de piel alrededor del cuerpo que nos impidiera tener contacto directo con el verdadero tejido de nuestro entorno más cercano. El entretenimiento y los anuncios publicitarios nos insensibilizan, creando un agradable baño político de agua tibia que reemplaza las experiencias humanas auténticas por una pseudo-realidad. Esta capa de piel aplicada de forma artificial actúa de intermediaria en nuestra vivencia de la realidad, desinformando a todos aquellos que se encuentran dentro de la cazuela hirviendo e impidiéndoles salir a conocer el mundo de manera directa.

“Obama justificó la campaña de espionaje estatal como una parte vital de los esfuerzos que el gobierno estaba llevando a cabo contra el terrorismo y declaró que la privacidad es un sacrificio necesario para garantizar la seguridad.”

Martin Luther King, Jr dijo una vez que “la historia deberá dejar constancia de que la mayor tragedia de este período de transición social no fue el clamor estridente de los malos sino el terrible silencio de los buenos”. La historia ha demostrado cuánta gente permanece en silencio mientras es testigo de los crímenes más atroces contra la humanidad. Durante el ascenso de Hitler en Alemania, fueron los “alemanes buenos” quienes se convirtieron en espectadores, apoyando por defecto los abominables actos de un hombre y permitiéndole controlar la vida y la muerte de una nación entera.

Cuando un país se encuentra sumido en el miedo, su población se paraliza y pierde con facilidad la conexión con la realidad. Una vez que nos divorciamos de nuestros propios sentidos, pasamos a depender de esas señales del exterior y a considerarlas como si fueran propias, lo que lleva a una obediencia ciega a la autoridad externa percibida y, frente a abusos e injusticias, la pasividad y el silencio se vuelven reacciones demasiado fáciles. No existe persona ni país inmune a esto y la población estadounidense dista mucho de ser una excepción. Tal y como Snowden declaró: actualmente vivimos en una tiranía global lista para ser empleada. La llave del fascismo manifiesto todavía no se ha usado pero encontramos rostros sonrientes en todas partes. Puede que en el agua hirviendo de los Estados Unidos de Amnesia muchos se estén convirtiendo en “americanos buenos” que no se pronunciarán hasta que sea demasiado tarde.

El “yo” vacío y la representación como nueva autoridad

¿Cómo han perdido los estadounidenses el contacto con la realidad? ¿Qué les ha hecho tan vulnerables a la manipulación y a la desinformación política y mediática? Sin duda alguna, los medios corporativos han desempeñado un papel importante en el control de la percepción, pero hay más agentes implicados. Para comprender mejor las causas fundamentales de la pasividad y apatía de la población es necesario examinar una configuración especial del ser que ha surgido en la historia de Occidente.

En Constructing the Self, Constructing America (Construyendo el yo, construyendo EE UU), el psicoanalista Phillip Cushman analiza cómo en los Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial la industrialización moderna rompió con los tradicionales lazos sociales y restructuró la realidad de la comunidad. Al margen de esto, sostiene, emergió una configuración particular del yo. Cushman la designó “el yo vacío” (“el yo delimitado, magistral”) y describió cómo este yo vacío “tiene límites psicológicos específicos, un sentido de agencia personal que se encuentra dentro de nosotros, y el deseo de manipular el mundo exterior para fines propios”. Además, Cushman caracterizó este yo vacío como el que “experimenta una importante ausencia de comunidad, tradición y significado compartido”; un yo que ‘interioriza’ estas ausencias sociales y sus consecuencias por falta de convicción y autoestima, un yo que encarna las ausencias, soledades y decepciones de la vida como penuria emocional indiferenciada y crónica”.

Cushman argumentó que esta nueva configuración del yo y su penuria emocional fueron indispensables para el desarrollo de la cultura consumista estadounidense. Stuart Ewen exploró en su clásico Captains of Consciousness la manera en la que se utilizaba la publicidad moderna como respuesta directa a las necesidades del capitalismo industrial, como medio para conseguir la “creación de deseos y costumbres”: “La visión de libertad que se les ofrecía a los estadounidenses les relegaba de forma continuada al consumo, la pasividad y la condición de espectador”. Ewen percibió todo esto en el cambio económico de producción a consumo y en el de la identidad personal, de ciudadanos a consumidores.

Imagen: Jared Rodriguez / Truthout

No se tardó mucho en utilizar de forma generalizada esta manipulación encubierta de los deseos para así impulsar determinados programas políticos o económicos. El padre de la publicidad corporativa contemporánea, Edward Bernays, recabó información sobre el poder de los deseos latentes como herramienta de manipulación mediante el minucioso análisis del estudio del inconsciente de su tío Freud. En Propaganda, Bernays planteó la idea de que “la manipulación consciente e inteligente de las costumbres y opiniones de las masas es un elemento importante en la sociedad democrática. Aquellos que manipulan este mecanismo intangible de la sociedad conforman un gobierno invisible que es el verdadero poder dominante de nuestro país”. Este esfuerzo intencionado en controlar la percepción pasó a conocerse como propaganda y se ha establecido como “el brazo ejecutivo del gobierno invisible”.

¿Cómo funciona este gobierno invisible? ¿Cómo se consigue llevar a cabo una manipulación de deseos tan eficaz a tan gran escala? Todo esto está relacionado con los mecanismos del inconsciente, los deseos e impulsos cuya existencia desconoce la gran mayoría de las personas. El psicoanalista Carl G. Jung tomó el descubrimiento freudiano del inconsciente y examinó el fenómeno que Freud denominaba “proyección”. Jung describió cómo nos encontramos con nuestros deseos e impulsos reprimidos cuando aparecen en forma de proyecciones exteriores, proyección que se lleva a cabo de forma inconsciente.

El sector del marketing y de las Relaciones Públicas canaliza nuestras necesidades psicológicas y las convierten en deseos específicos por ciertos productos o candidatos políticos. Esta manipulación de los deseos se basa en la capacidad de elaborar imágenes eficaces de productos que provoquen el proceso involuntario de proyección en el individuo. Ya sean imágenes de cargos electos o de famosos, el detergente más reciente o pantallas de TV de alta definición, se trata de imágenes exteriores que se presentan como evidencia de nuestros deseos internos. Aparecen rápidamente ante nosotros como objetos deseables y como representación de nuestros deseos inconscientes. Es por ello que la representación se convierte en una mera externalización de dichos deseos y emociones inconscientes e internos que, en gran medida, desconocemos.

La manipulación de los deseos en forma de representación amordaza nuestra capacidad de crear imágenes, ya que esas imágenes nos vienen impuestas desde el exterior. Perdemos el vínculo con nuestros propios deseos y, al no conocer el verdadero origen de nuestros impulsos y emociones, somos víctimas de un engaño a la hora de determinar nuestras propias acciones. La actividad de imaginar se ve interrumpida y coaccionada hacia un producto final, así como las múltiples maneras en que manifestamos nuestros deseos se reducen al simple acto de consumir. Nos volvemos pasivos y acabamos llevando a cabo la voluntad de otros.

“La manipulación consciente e inteligente de las costumbres y opiniones de las masas es un elemento importante en la sociedad democrática. Aquellos que manipulan este mecanismo intangible de la sociedad conforman un gobierno invisible que es el verdadero poder dominante de nuestro país.”

La representación sitúa el origen de la legitimidad fuera de uno mismo. Ya sea una marca comercial, un partido político, una ideología o un eslogan, buscamos objetos de representación con los que proyectar algo interno en el mundo exterior. Encontramos un buen ejemplo en el sistema político estadounidense o supuesto gobierno representativo: el sistema de elección de funcionarios electos con el poder de promulgar cambios en nombre de la población. Otro ejemplo es el funcionamiento de las empresas, donde los individuos se convierten en accionistas mediante la compra de acciones de dicha empresa y supuestamente influyen de forma indirecta en el rumbo de la misma. La teoría es que la empresa como entidad podría representar los intereses económicos de sus accionistas.

La gente empezó a considerar que esas formas externas poseían una autoridad intrínseca, otorgándoles poder para gobernar e influir en sus propias vidas, cuando en realidad lo que subyace en ambos casos es simplemente algo que representa lo que se encuentra en nuestro interior de forma inconsciente. El mecanismo de representación recoge una mentalidad que hace que la gente crea que las verdaderas soluciones a los problemas solo pueden venir del exterior, generalmente de personas desvinculadas de esos problemas y a quienes no les afectan.

Con la llegada de la cultura del consumo y el sistema de creación de imágenes que reforzó aún más las condiciones del yo vacío, el concepto de representación se ha convertido en una nueva autoridad. A diferencia de la autoridad tradicional de la religión y de la familia nuclear, en el ámbito de la representación una autoridad se interioriza y su poder de control resulta más irreconocible para aquellos bajo su dominio. Cushman señaló que “la única forma en la que el capitalismo corporativo y el Estado eran capaces de influenciar y controlar a la población era haciendo que ese control fuera invisible, es decir, camuflándolo bajo sentimientos y opiniones cuyo origen radica en el propio individuo”.

Esto se aprecia claramente en la política electoral, donde se preselecciona a los candidatos y se manipulan los resultados, pero se nos hace creer que en verdad estamos tomando decisiones racionales, independientes y propias sobre quién representa mejor nuestros intereses comunes, cuando en realidad no hay una posibilidad de elección genuina y a menudo acabamos votando en contra de nuestro propio interés.

Tras el concepto universal de libertad reside una falsa libertad: el espejismo de elegir. Ya no poseemos esa conexión con el origen de nuestros deseos. Los intereses corporativos han interceptado y manipulado nuestras necesidades humanas. Lo que se maquina con la apariencia de individualismo es en realidad una nueva forma de conformidad. Cuando los poderes de control se volvieron invisibles al fusionarse con el yo, se nos hizo mucho más difícil el desafiar la legitimidad de las relaciones de poder desiguales o incluso de reconocerlas en sí mismas.

La crisis de la representación y la autonomía del yo

El control centralizado y el poder de coacción del Estado y las corporaciones residen en su habilidad para mantener la apariencia de representación a través de una cuidadosa manipulación y de la creación de un fuerte vínculo emocional con los individuos. Este vínculo de representación otorga al poder establecido acceso a deseos inconscientes. Quienes controlan la imagen de la representación pueden, por lo tanto, generar motivos e impulsos y gobernar la voluntad de las masas sin ejercer un control directo evidente sobre ella. Los medios de comunicación han desempeñado un papel crucial en el control y la distorsión de esta apariencia de representación, ocultando las verdaderas acciones de aquellos que afirman representarnos. Los anuncios de televisión nos hipnotizan con imágenes de productos perfectos y candidatos políticos idóneos; los productos y los políticos se venden como solución a los problemas cotidianos.

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Imagen: Jared Rodriguez / Truthout

Pero están surgiendo indicios de un cambio profundo. Las apariencias de representación ya no se sostienen tan fácilmente. De repente, muchos de los que utilizan las redes sociales y que suelen compartir información están empezando a desafiar la imagen monopolizada de la cámara de resonancia de mensaje único que son los medios de comunicación consolidados. Cuando uno se rodea de múltiples imágenes que no han sido producidas o mediadas por poderes externos, la proyección que antes nos hipnotizaba ya no puede ejercer esa fuerza a la que nos había acostumbrado. En los últimos años han surgido olas de filtraciones, desde Chelsea Manning hasta Edward Snowden que, junto con el poder de las redes sociales y de valientes periodistas como los de WikiLeaks, continúan contrarrestando la propaganda.

Los recientes movimientos de protesta que han surgido en todo el mundo también han desafiado la percepción de la autoridad del Estado-nación y sus modelos de gobierno. El año 2011 marcó el inicio de revueltas a escala mundial. Los movimientos del extranjero se hicieron eco en EE. UU. y Canadá, donde, inspirados por las luchas populares fuera del país, los ciudadanos privados de derechos se sublevaron tomando las calles en el centro neurálgico de la riqueza y la corrupción. “Occupy Wall Street”, que surgió en el otoño del 2011, cautivó la imaginación del público. De Brasil a Turquía, pasando por Egipto, Bosnia y Bulgaria: siguen brotando nuevos movimientos insurgentes que desafían la legitimidad de los gobiernos “representativos” en todo el mundo. Lo que revelan estos levantamientos desde abajo es la crisis en la que se encuentra la democracia, tal y como la conocemos, en prácticamente cada esquina del mundo.

Jerome Roos, investigador doctorando en el European University Institute, resume las olas revolucionarias desde la Primavera Árabe de 2011 y las contempla como síntoma de la crisis global de legitimidad de las instituciones representativas. Estos eventos aparentemente aislados, señala Roos, comparten características tales como la desvinculación de las estructuras del poder existentes y el final de los partidos políticos, — y sugiere que “sólo la autonomía absoluta con respecto al Estado puede impulsar la revolución”.

La población se está desvinculando cada vez más de la política electoral. Está surgiendo un llamamiento en pos de un nuevo tipo de gobierno, de una democracia real en la que cada persona participe de forma directa y ponga de manifiesto su propia voz. Este es un acto político, pero también es mucho más. La crisis actual de la democracia es una crisis de representación. Las imágenes que perpetúan el espejismo sobre nosotros mismos ya no pueden sostener nuestra condición humana. De Mubarak a Morsi y de Bush a Obama, este liderazgo de máscaras y apariencias falsas está empezando a resquebrajarse a medida que el pueblo se desvincula de los semblantes charlatanes de esas marionetas recicladas en líderes políticos. ¿Qué ocurre cuando la fe del pueblo en las instituciones se desmorona? Estamos siendo testigos de una destrucción y un caos insólitos.

Por primera vez en esta crisis de representación nos encontramos solos con nosotros mismos, vacíos y huecos, pero con nuestro verdadero yo. Bajo esta desnudez yace la posibilidad de una libertad real. Solo cuando nos enfrentemos y aceptemos de lleno ese vacío, encontraremos nuestra verdadera autonomía. Solo con emociones y deseos genuinos podremos guiar el mundo hacia un futuro que brote de lo más hondo de nuestra imaginación. ¿Quién soy? ¿Quiénes somos? ¿Qué queremos? El rechazo de la representación falsa es un rechazo a la identidad impuesta de forma artificial. El mensaje es claro e insistente en todo el mundo. El pueblo proclama que no vamos a seguir siendo meros consumidores, aceptando de forma pasiva un futuro comercializado legado, con valores corporativos y candidatos políticos que se nos venden como si fueran pasta de dientes. Esta voz retumba en los movimientos del mundo entero que exigen un cambio radical del sistema.

Este anhelo por una democracia real es el anhelo de ser libres. Es el espíritu que nos conduce a encontrar verdaderas aspiraciones en nuestro interior. Nuestro yo se encuentra vacío. Cuando la sociedad pierde el control y los líderes carecen de moral y compasión por la humanidad, debemos declararnos autónomos con respecto a aquellos agentes externos que intentan seducirnos y prometen cumplir nuestros sueños. Al conectar con deseos y pasiones propias llenaremos el hueco de nuestro yo vacío y transformaremos las consignas vacías en verdadera acción. Solo entonces podremos convertirnos en los autores de nuestras propias vidas, transformar la historia y tomar las riendas de nuestro destino común.

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Artículo original publicado en Reflections on a Revolution

 

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