El gran escándalo invisible de nuestra época

El Gran escandalo invisible“Tumbar los cercamientos”: KMO, del C-Realm Podcast, entrevista a David Bollier

Traducido por Stacco Troncoso, editado por Susa Oñate

KMO, presentador del C-Realm Podcast, da la bienvenida a David Bollier, escritor e investigador independiente, para hablar del contenido de su último libro: Think Like a Commoner: A Short Introduction to the Life of the Commons 1. La conversación arranca con un análisis de la mal llamada Tragedia de los comunes de Garett Hardin, un texto que pretende demostrar que las personas no son capaces de autogestionar un recurso común. En realidad, el texto de Hardin solo acentúa la obsesión de la ortodoxia económica por validar sus propios fundamentos, proyectándolos sobre el mundo. Más adelante, Bollier habla del genoma humano como ejemplo de bien común amenazado hoy en día por el cercamiento de corporaciones que pretenden patentar secciones del ADN humano como propiedad intelectual. Esta entrevista se realizó originalmente en audio y, a continuación, presentamos la transcripción de nuestra traducción. 

KMO: Hoy estamos hablando con David Bollier, investigador e intelectual independiente dedicado al concepto del “procomún”, o “lo comunal”. David, bienvenido al C-Realm Podcast.

David Bollier: Es todo un placer.

KMO: Al hablar del “procomún”, “lo comunal” o “los comunes”, cualquiera que haya estudiado economía en la universidad probablemente pospone la palabra “comunes” a la frase “La tragedia de los…”.

David Bollier: Se trata de una gran calumnia y escándalo. Garett Harding fue el biólogo que firmó el célebre ensayo sobre el tema en 1968. “La tragedia de los comunes” se ha convertido en un tópico y no solo en el ámbito económico, sino en la ciencia política y la vida pública, especialmente desde que los conservadores lo adoptaran con tanta firmeza. Los dos términos están tan relacionados que parece algo insuperable pero, de hecho, Garret Harding no estaba describiendo un comunal sino una situación de “todos contra todos”, un desmadre donde no hay ni reglas, ni comunidad, y donde no se sanciona nada. Un comunal es, de hecho, una comunidad definida que gestiona recursos compartidos y, a menudo, de forma sostenible. Es un concepto muy distinto a lo que describía Harding.

KMO: Es como si el procomún, o esos supuestos “comunes” que describe, careciera de contexto histórico. Es un pastizal que aparece de golpe y unos rancheros, vaqueros o pastores —que no se conocen de antes ni han interactuado entre sí— también aparecen por arte de magia, tirando la casa por la ventana en su rol de seres racionales y económicos que maximizan su beneficio propio mediante un recurso limitado y al alcance de cualquiera. A decir verdad, me parece una situación verdaderamente estrafalaria.

David Bollier

David Bollier

David Bollier: Desde luego, pero no olvidemos que es el punto de vista normativo y convencional, dado que Harding proyectó sobre el mundo sus nociones económicas utilizando artimañas francamente ficticias, aunque enmarcadas dentro de una parábola muy convincente. Tienes toda la razón, es una abstracción sin base empírica y ha sido gracias al esfuerzo de estudiosos como Elinor Ostrom, Premio Nobel de economía del 2009, que hemos podido refutar la tesis de “La tragedia de los comunes” y así revelar —tras mucho trabajo de campo y mucha teorización creativa— las características base del diseño y el funcionamiento de los comunes que han prosperado y que siguen prosperando alrededor del mundo. Es el primer obstáculo a superar en cualquier conversación sobre el procomún: que no es necesariamente una tragedia. Sí, no cabe duda de que podemos sobreexplotar los recursos limitados, pero las cosas normalmente no funcionan así. Normalmente, cuando un grupo de individuos se reúne, se suele plantear lo siguiente: “… bien, tenemos intereses distintos, vamos a negociar, vamos a comunicarnos”. Muchos de los, mal llamados, experimentos del dilema del prisionero —al igual que la parábola de Harding— se basan en circunstancias que no se dan en la realidad, la gente no se porta así en la vida real.

KMO: Otra verdad falsa que aparece en los libros de texto de economía es la noción de que, antes de que hubiera dinero, la gente utilizaba el trueque pero con muchas dificultades, dado que tenían que encontrar lo que se ha denominado como “la doble coincidencia de necesidades” o algo por el estilo: yo tengo que tener exactamente lo que tú quieres y tú tienes que tener exactamente lo que yo quiero antes de que podamos comerciar. Los dos bienes deben tener el mismo valor aproximado para que ambas partes nos sintamos satisfechas con la ecuanimidad del trato, como si no tuviéramos relación alguna aun siendo miembros de la misma comunidad. Es más, cada vez que hagamos negocios entre nosotros, o cuidemos de las necesidades recíprocas, tenemos que cerrar el trato por completo y seguir nuestro camino sin ningún tipo de obligación o relación mutua más allá de ese momento, ni nada por el estilo. Esto ya lo describía Adam Smith en La riqueza de las naciones pero, curiosamente, ningún explorador, colonizador o investigador que haya viajado por el mundo —y que se haya encontrado con sociedades supuestamente primitivas o grupos tribales— se ha topado con ninguna tribu que opere según esa descripción del comportamiento económico del hombre primitivo propagada por Smith. Aun así, parece que estos 200 años desmintiendo la teoría de Smith no han servido de nada, ya que sigue presente en los libros de texto de económicas.

David Bollier: Eso es porque la profesión de economista está completamente ofuscada por la autovalidación de sus premisas centrales, queriendo proyectarlas sobre el mundo real y creyendo que así es como debería funcionar. La realidad es que, más allá de lo que describen como “economía de mercado”—es decir, la vida real— la gente hace todo tipo de cosas que no concuerdan con esos principios. Esa supuesta “economía de la subsistencia”, tan denigrada por los economistas que la tachan de “mera supervivencia”, es sencillamente una economía no mercantil donde hallamos un sinfín de arreglos sociales e intercambios, economías del obsequio y demás, donde ocurren cosas que no encajan con los principios de la economía convencional. Normalmente, ni siquiera nos muestran los límites ni las falacias descaradas de esas premisas económicas, pero me encanta el hecho de que Internet sea una especie de enorme prueba viviente, y refutación al mismo tiempo, del concepto de “Homo œconomicus”, dado que hay todo tipo de gente cooperando y compartiendo en la red, haciendo cosas que, bajo el punto de vista de un economista, carecen de sentido. Dicen que es imposible que nos comportemos de tal manera pero, ahí está… ahí está Wikipedia, ahí está Linux, ahí están las revistas académicas especializadas de acceso libre, y suma y sigue. Creo que ha llegado la hora de empezar a replantear nuestros preceptos básicos sobre qué constituye un ser humano y no solo “un ser humano” como individuo, sino ese individuo inscrito en el contexto de una comunidad y un colectivo más amplio.

“El cercamiento del procomún es el gran escándalo invisible de esta época. Están cercándose cosas como el propio genoma humano, un 20% del cual es ahora propiedad de dueños de patentes privadas”.

KMOs

KMO, presentador del C-Realm Podcast

KMO: Hoy estamos charlando gracias a la presentación de un conocido mutuo, Stacco, que trabaja para Guerrilla Translation, pero también es parte de la P2P Foundation. Últimamente he hablando con mucha gente relacionada con la P2P Foundation sobre el potencial de un modelo de producción industrial redistribuida. Una producción industrial que no requiere de grandes inversiones de capital desde un principio, que se puede poner en marcha con una inversión inicial de varios miles de dólares en insumos nuevos. Cosas como impresoras 3-D u otros tipos de maquinaria de control informático que quizás impulsen una nueva clase de arreglo económico entre las personas. Esto es lo que describe Jeremy Rifkin en su nuevo libro The Zero Marginal Cost Society: The Internet of Things, the Collaborative Commons, and the Eclipse of Capitalism 2. El mensaje del libro de Rifkin es que el capitalismo, aun sin desaparecer por completo, tendrá cada vez menos presencia en nuestras vidas de aquí en adelante. Me pregunto si te parece una esperanza razonable.

David Bollier: Bueno, Rifkin dice que el capitalismo está en declive pero yo no estaría tan seguro. En lo que sí estoy de acuerdo es que esta tendencia hacia una producción distribuida otorgaría más independencia a aquellos individuos y grupos que la pusieran en práctica. De hecho, se convertirían en co-productores cada vez menos dependientes del capital… Y todo esto irá en aumento. Se trata de un movimiento incipiente que no se limita al ámbito del software libre, dado que también lo vemos en el diseño o en la fabricación abierta. Se construyen cosas como muebles, coches o maquinaria agrícola, con el respaldo de una comunidad global de diseño abierto, complementada por un modo de producción local capaz de modificar y cambiar esos diseños según las circunstancias. Todo esto bajo los principios del código abierto, es decir: modularidad, materiales locales, costes mínimos, productos personalizables y demás. Es una tendencia un tanto radical, ya que no se necesitan grandes concentraciones de capital para producir objetos prácticos con los que cubrir tus necesidades. Creo que derivará hacia un tipo de emancipación tanto económica como política, como argumenta Rifkin. Hasta dónde llegará y con qué problemas se encontrará… eso es discutible.

KMO: Te animo a especular sobre ambas cuestiones.

David Bollier, autor de "Think Like a Commoner"

David Bollier, autor de “Think Like a Commoner”

David Bollier: Bueno, creo que esas industrias actuales con enormes cantidades de capital e influencia política —y que dominan Washington por completo— no van a desaparecer fácilmente. Por otra parte, va ser muy difícil frenar el auge de la producción y comunicación distribuida sin desmontar Internet por completo. Dado que la economía depende tanto de un Internet abierto, no creo que eso vaya a ocurrir. Pero, como hemos visto con la industria musical, los cambios se suceden de manera imprevisible, con bastantes dificultades y mucho conflicto…  La vieja guardia no muere fácilmente. Me resulta difícil prever qué cauce seguirá esta transición pero sí creo que habrá muchas presiones externas, incluyendo el cambio climático, que pondrán de relieve no solo la importancia de los recursos locales y regionales por sí mismos, sino su relevancia en términos económicos o de rendimiento energético. Creo que estas tendencias estructurales generales irán intensificándose, especialmente ahora que gran parte del mundo está conectado a Internet y a las herramientas digitales. Es más, la satisfacción social de trabajar colaborativamente, huyendo parcialmente de la tiranía social del capitalismo convencional, se vuelve cada vez más relevante. Supongo que esa es mi perspectiva general de cara al futuro, pero creo que habrá bastante conflicto porque aquellos que tengan inversiones irrecuperables no las van a abandonar fácilmente. Utilizarán todo su poderío económico y político para frenar estas tendencias, de la misma forma que Hollywood y la industria musical han intentado prevenir que la informática distribuida prevalezca sobre su modelo de negocio.

KMO: Bueno, yo diría que tanto la industria musical como la cinematográfica han fracasado estrepitosamente en ese aspecto. La distribución digital es tan fácil y barata que, aun habiendo gente dispuesta a pagar por esos productos, otra gente… Bueno, hablando en plata, yo no tengo ni televisión por cable ni HBO, pero soy seguidor asiduo de varios programas de HBO que adquiero mediante… “métodos no convencionales”. No es muy difícil y sé que no soy el único que lo hace.

David Bollier: Sí, y mientras tanto la industria cinematográfica sigue cosechando ingresos históricos año tras año. No me acuerdo de las últimas cifras en miles de millones de dólares pero, muy a pesar de estas filtraciones o “piratería” o “utilización desautorizada”, el sector sigue creciendo. No sé si todas estas industrias masivas, centralizadas, van a colapsar, pero creo que su producción cultural no será tan dominante como antaño; quizás se conviertan en entidades menos relevantes dentro de un mundo distribuido. Es complicado hacer previsiones teniendo en cuenta los factores sociales; no se trata solo de tendencias económicas y tecnológicas, sino de nuestra respuesta social y cultural. ¿Veremos la consolidación de una cultura distribuida de producción entre pares orientada al procomún? ¿Se convertirá en algo inevitable debido a motivos económicos o energéticos? Ahora mismo todo es especulación.

KMO: Has mencionado cosas como Linux, un sistema operativo muy avanzado, elaborado mediante miles de aportaciones colaborativas de gente de todo el mundo y… es algo real y tangible. Este podcast se distribuye bajo una licencia Creative Commons. Hay gran variedad de cosas que se producen y distribuyen regularmente mediante modelos comunales, pero suelen ser intangibles… cosas como software o material mediático. Parece que el reto, y la gran esperanza, es que ese modelo del procomún también sea capaz de proveer un sustento material a las personas.

David Bollier: Bueno, es muy importante percatarse de que, en todo el mundo, hay alrededor de 2000 millones de personas que dependen de diversos recursos naturales comunales para su supervivencia cotidiana. Bosques, caladeros, aguas de riego, caza, tierras cultivables… Es algo que los economistas tradicionales suelen ignorar por completo dado que —cómo no— está más allá de la economía de mercado y, por tanto, ni siquiera merece su atención. Pero hay que señalar que ya existe un precedente operativo del paradigma del procomún a gran escala y a nivel global, aunque su grado de éxito es relativo, todo sea dicho. Aun así, creo que dentro de las sociedades industriales avanzadas tenemos la necesidad de, en primer lugar, reconocer que es un argumento que describe algo real, práctico, funcional y sostenible. En segundo lugar, tenemos que innovar para desarrollar nuevos tipos de instituciones basadas en el procomún capaces de facilitar y otorgar la autoridad y sanción legal necesaria a lo que llamamos “la comunalización” o, lo que es lo mismo, la práctica social de la autogestión de un recurso compartido para el beneficio de todos. Creo que esto marcará un antes y un después. Por ejemplo, el movimiento por la alimentación local ya ha estado trabajando en esto, los fideicomisos de terrenos comunitarios… También podríamos hablar de las monedas sociales que están emergiendo o de instituciones como el Alaska Permanent Fund 3, un fondo de fideicomiso que recibe, en concreto, ingresos derivados de la extracción petrolífera en Alaska. Estos ingresos van dirigidos a un fondo fiduciario en beneficio de todos los residentes de Alaska, que reciben una media de mil dólares al año. Existen cantidad de modelos basados en el procomún, algunos a escala pequeña y con características muy personales, y otros a mayor escala y con un fundamento político. Pero creo que, desde una perspectiva general, se trata de un ámbito en el que tenemos que desarrollar y extender muchas de estas innovaciones ya existentes, pero que aún no han recibido un reconocimiento adecuado.

“La propia retórica de los economistas … ni siquiera reconoce la existencia del procomún o de recursos compartidos no sujetos a convenios de propiedad individuales o corporativos. Son muchos los acuerdos de propiedad colectivos que carecen de validez legal, aunque son esenciales para el abastecimiento básico de comunidades en todo el mundo”.

KMO: Antes, has hablado sobre la satisfacción de trabajar en un contexto P2P, o entre iguales, en contraste al trabajo dentro de una jerarquía corporativa. Háblanos más de eso.

David Bollier: Bueno, creo que el modelo al que nos acostumbramos en el siglo XX fue el de “mando y control”, en el que las jerarquías centralizadas eran agentes económicamente indispensables para la producción de los bienes de la sociedad moderna. Pero esto está cambiando y cada vez más. Hoy en día, podemos llegar a acuerdos voluntarios y crear nuestras propias reglas para producir bienes. De eso trata la producción entre pares, ya sea a través de la red o incluso con objetos físicos. Existen abundantes sistemas para llevar esto a cabo, las cooperativas son buen ejemplo de ello. Son sistemas en los que podemos colaborar mediante un contrato social específico. Creo que esto es mucho más satisfactorio, y que se ajusta mucho más a nuestras necesidades, que algo producido por conglomerados trasnacionales gigantes, dominados por un modelo de negocio que no se preocupa por mí, ni por mi localización, excepto como fuente de ingresos. Es más, no pueden satisfacer mis necesidades no mercantiles, esas mismas que no se corresponden con su modelo de negocio. Algunos ejemplos serían el poder gozar de un ecosistema saludable en mi zona, o disfrutar espacios abiertos que no estén asediados por la construcción. Son necesidades cualitativas, comunitarias, propias del ecosistema social y que escapan a la lógica del mercado. A las corporaciones todo eso les da igual. Partiendo desde una visión basada en el procomún creo que la coproducción no sólo va ser mucho más beneficiosa a nivel medioambiental, sino también más satisfactoria a nivel social, ya que cumple con nuestras necesidades y nos deja participar en algo más grande que nosotros, algo que nos importa. Supone una inversión emocional y social con la que forjar una identidad colectiva, una identidad que nos interesa proteger. Esto no ocurre cuando nos comportamos como consumidores que median sus transacciones comerciales con el dinero. El procomún empieza a redefinir cómo nos relacionamos entre nosotros y con nuestros recursos naturales de la manera más convincente. Prueba de ello es la multitud de ejemplos a nivel mundial de gente que ha adoptado espontáneamente varios proyectos centrados sobre algún tipo de comunal u otro.

KMO: Recuerdo cuando trabajaba en el entorno corporativo y me pasaba el día metido en un cubículo. De todo cuanto podía aportar a la corporación como ser humano, solo les importaba mi alfabetismo general y mi capacidad para articular conceptos, escribir a máquina, o desempeñar varias tareas informáticas básicas. Cualquier otra cosa que fuera parte de mí, que yo valorara o que hubiera cultivado en mí mismo, no les servía para nada. De hecho, suponía una molestia y tenía que hacer todo lo posible por minimizar, censurar o, básicamente, ocultar estas cosas en el trabajo. Era una situación deshumanizante, insatisfactoria, que me provocaba muchísima ansiedad y estrés, y también muchísimo rencor. Cuando encuentras una carrera o un modo de vida donde, en vez de encajar dentro de un molde predeterminado, descubres algo que funciona y lo desarrollas de verdad… te encuentras con una situación mucho más natural y mucho más relevante. Se trata de un ambiente verdaderamente satisfactorio pero me pregunto si, quizás, dentro de 20 o 30 años, cuando la “comunalización” —como tú lo llamas— sea una faceta bastante más enraizada en nuestros arreglos individuales y sociales, ¿crees que los libros de texto de economía seguirán pregonando la “tragedia de los comunes”? ¿Crees que seguirán siendo incapaces de mirar a su alrededor para darse cuenta de que ese mundo que describen no coincide con los modelos que utilizaron para representarlo y predecirlo?

Comparación del PIB de Norteamerica con América Latina Imagen de Cristian Wiesenfeld

Comparación del PIB de Norteamérica con el de América Latina. Imagen de Cristian Wiesenfeld

David Bollier: De hecho, ya vemos un intento de adaptación para acercarnos más a la realidad humana y social. Hablo de modificaciones como la economía conductual o el intento de ir más allá del PIB mediante un índice de felicidad y demás. Se trata de admisiones encubiertas de que el modelo de economía prevalente es muy limitado, por no decir erróneo. Creo que se debe a que la economía se ha convertido en una disciplina de tal rigor matemático y cuantitativo… que realmente querían hacer de ella una ciencia, una ciencia universal y ahistórica, pero han sido incapaces de admitir que los seres humanos somos criaturas variopintas e imprevisibles que funcionamos dentro de un contexto local. No se nos puede “enchufar” directamente a una matriz universal de conceptos intelectuales y creo que, en cierto sentido, la narrativa cultural actual describe nuestro desacoplamiento de estas “ficciones económicas”. Estamos recuperando nuestra humanidad a través de ciertas herramientas como Internet, y percatándonos de que la existencia humana va mucho más allá de aquello que encaja con nuestra identidad de mercado, una identidad incapaz de reconocer y mucho menos cuidar de esa humanidad. He leído que uno de los elementos determinantes del éxito del software libre es que siempre ha permitido un elemento lúdico. Es como decir que permite que los seres humanos se comporten como tal y que ahí está la fuente de inspiración para sus innovaciones. Hay una gran diferencia entre eso y algo que solo tiene relevancia cuando puede monetizarse o si es compatible con un producto o un activo. Creo que el gran reto —y éste es uno de los motivos por el que me atrae tanto el procomún— es otorgar un reconocimiento público y un poder funcional a estas nociones de la humanidad más inclusivas. No solo entre nosotros como individuos, sino interculturalmente hablando. Tenemos que celebrar la gran diversidad de la humanidad, no intentar hacerla encajar dentro de un sistema universal globalizado de activos estandarizados. Ya sabes, viajas por el mundo y te topas con los mismos restaurantes de comida rápida en Moscú, Bangkok, Doha y Nueva York. Creo que la gente está empezando a reafirmar las características locales distintivas de su historia cultural. Todo esto me parece muy positivo y creo que el procomún ayuda mucho en este sentido, facilitando una estructura coherente para reconocer lo importante que es todo esto, y por qué funciona.

KMO: De nuevo, mucha gente, al pensar en el procomún, sigue pensando en “la tragedia de los comunes”. Pero, después de todo lo que he leído y las conversaciones que he tenido últimamente, ahora, al escuchar la palabra “procomún”, o “comunes” lo que me viene automáticamente a la cabeza es el “cercamiento de los comunes”. ¿Puedes darnos ejemplos contemporáneos donde comunes existentes y operativos tienen que defenderse de nuevos intentos de cercamiento?

David Bollier: Creo que el lenguaje que utilizamos para describir los cercamientos del procomún es de lo más importante, dado que ofrece una perspectiva sobre el comportamiento sistémico de los mercados. En concreto, que privatizan gran variedad de recursos comunes para convertirlos en artículos de consumo, recursos que, quizás, no deberían ponerse en venta en el mercado. El cercamiento nos ayuda a nombrar este proceso y eso es primordial. En cuanto a ejemplos contemporáneos, son innumerables. De hecho creo que el cercamiento del procomún es el gran escándalo invisible de esta época. Están cercándose cosas como el propio genoma humano, un 20% del cual es ahora propiedad de dueños de patentes privadas. Hay un sinfín de aspectos culturales que se están convirtiendo en marcas registradas, incluyendo nombres. Por ejemplo, McDonald’s es dueña de la marca registrada “Mc”. Esto supone que no puedes llamar a tu restaurante “McVegan” o “McSushi” porque son los propietarios de “Mc”. Estamos viendo una apropiación de terrenos insólita a nivel internacional, con inversores y fondos de capital de inversión usurpando enormes cantidades de territorio en África y Asia. Tierras que eran propiedad de tribus indígenas y comunidades tradicionales, o las utilizaban, pero, ahora, los gobiernos de estos países colaboran con los inversores para otorgarles títulos de propiedad de esas tierras indígenas, desplazando a estas gentes de sus comunales históricos. Es como una espeluznante repetición del cercamiento de tierras de Inglaterra, cuando se expulsaba a la gente de sus comunales rurales. Estas personas acababan en las ciudades industriales inglesas para convertirse en indigentes o esclavos del régimen, como describía Charles Dickens en sus muchas novelas. Esto está ocurriendo ahora mismo en África. Podría nombrar, literalmente, decenas de apropiaciones, muy a menudo violentas, de recursos compartidos. Es un proceso inherentemente violento, dado que se expulsa a la gente de la tierra por la fuerza, o se les coacciona a abandonar recursos que han utilizado tradicionalmente para su subsistencia cotidiana o doméstica, su sustento no comercial. Es un acto de desposesión muy dañino que se ha vuelto omnipresente a nivel mundial, dado que el capitalismo global está tan integrado y es tan poderoso que, muy a menudo, los comuneros tienen insuficientes recursos legales, económicos y demás, para resistir estos cercamientos. Es algo a lo que se le debería prestar mucha más atención, pero, antes, necesitamos un lenguaje para nombrarlo. El discurso económico y político convencional no nos permite nombrar el cercamiento del procomún, y esto no es ninguna casualidad.

“Quizás se trate de un término novedoso para la conciencia general pero, para mí, sirve para describir una orientación distinta hacia el mundo que va más allá de conceptos como “consumidor”, “empleado” o incluso “sociedad civil”, porque no depende del Estado para cubrir necesidades o dictaminar normativas”.

KMO: Danos algún ejemplo del lenguaje retórico o propagandístico que se utiliza para “camuflar” el cercamiento del procomún.

David Bollier: Bueno, empezaría con la propia retórica de los economistas, que ni siquiera reconoce la existencia del procomún o de recursos compartidos no sujetos a convenios de propiedad individuales o corporativos. Son muchos los acuerdos de propiedad colectivos que carecen de validez legal, aunque son esenciales para el abastecimiento básico de comunidades en todo el mundo. Antes he hablado del procomún de subsistencia del que dependen miles de millones de personas. Creo que, en líneas generales, la narrativa del mercado libre es la que alimenta toda esta propaganda que muy concienzudamente deja de lado lo que ellos denominan “externalidades” y que, por tanto, no tienen en cuenta. “Externalidades” como la contaminación que provoca el calentamiento global, la destrucción de comunidades y modos de vida, etc. Todo este discurso sirve para ofuscar estos temas. Es una lección que aprendí en Washington, a finales de los 70. El mundo de los negocios deliberadamente inventó todo un léxico de análisis de costo-beneficio con el que falsear toda la legislación estatutaria para proteger el medio ambiente y la salud y seguridad de las personas. Urdieron así la noción de que esta jerga, donde se cuantifica la economía monetizada en contraposición al coste, era la única forma de determinar si habría que tomar medidas ante esas amenazas o no. Con el paso del tiempo, este discurso, en esencia, solo ha servido para tergiversar esas leyes y creo que eso es lo mismo que le ha pasado al procomún a lo largo de estos años: se ha vuelto invisible porque el lenguaje de la economía y la política no lo reconoce, convirtiéndolo en irrelevante. Esto supone que ni siquiera tienes que molestarte en diseñar un aparato propagandístico muy visible, ya que aquello que aparenta ser normativo y universal es lo que le resta toda visibilidad al procomún. Por tanto, el mero acto de hablar sobre el procomún es un acto político en sí mismo, dado que nombra cosas en un intento de reclamarlas para la utilización colectiva.

KMO: Supongo que muchas personas que trabajan en el contexto de un comunal y se benefician del mismo carecen del lenguaje apropiado para describirlo como tal. Pero también sé que hay gente que está muy dedicada a la idea de un procomún y que buscan implementarlo de varias maneras. Me pregunto qué medidas se pueden tomar desde un principio a la hora de establecer un nuevo comunal, o restaurar un comunal tras su cercamiento o después de que se haya echado a perder. ¿Hay alguna forma de construir un comunal que dificulte cualquier intento futuro de cercarlo?

David Bollier: Por eso creo que es tan importante comprender el discurso específico del procomún, dado que así se vuelve más visible y crea una conciencia propia entre los mismos comuneros. Es otra forma de entender sus relaciones mutuas y su relación con los recursos que utilizan, en contraposición a la ideología del mercado libre y la propiedad privada. Pero, más importante aún, has nombrado un reto muy importante: ¿Cómo pueden los comuneros gestionar sus recursos y sistemas sociales con el fin de protegerlos? Tenemos que entender que el procomún no se limita al recurso en sí, sino al sistema social que lo rodea y los valores y las prácticas para gestionarlo. Creo que deberíamos recuperar una tradición muy propia de los comunales ingleses. Todos los años celebraban una fiesta conocida como “tumbar los cercamientos”. Consistía en caminar por el perímetro de sus tierras comunales y, si veían cualquier intento de cercarlas con una valla o un cerco, lo tumbaban. Era un ritual divertido, además de práctico, que se celebraba todos los años para defender la integridad del procomún y de su comunidad, y para frustrar los cercamientos. Necesitamos más sistemas legales, tecnológicos y sociales para “tumbar los cercamientos” de hoy en día. Las licencias Creative Commons son una estrategia al respecto para mantener algo dentro del procomún y bajo nuestra protección. La Licencia Pública General de GNU 4, que protege tanto a Linux como a otros sistemas de software de código abierto, es otro ejemplo. Pero creo que, en general, el reto hoy en día es desarrollar análogos modernos para tumbar los cercamientos actuales, mientras desarrollamos la apreciación cultural y las prácticas sociales necesarias para proteger el procomún.

KMO: David, para mi última pregunta me gustaría que hablaras sobre algo que he visto en tu página web. De hecho, es la web de tu libro: www.thinklikeacommoner.com. El libro se titula “Pensar como un comunero: breve introducción a la vida del procomún” y, a la derecha de la imagen del libro, hay un texto que dice: “En nuestra era de mercados depredadores y democracias de postín, nuestras angustiadas instituciones políticas han perdido de vista a la gente real y las realidades prácticas. Pero, buscando en los márgenes, hallamos gente corriente reinventando modelos de gestión y suministro en términos propios. El procomún surge como una alternativa práctica y creíble a la corrupción del Estado mercantil. La belleza del procomún es que podemos construirlo entre todos, ahora mismo. Pero el gran reto es ser capaces de reconocer nuestros bienes comunes y, más importante aún, “pensar como un comunero”. ¿Crees que nos hemos olvidado de algo en esta discusión que, quizás, deberías recalcar explícitamente en relación a lo que quieres expresar con “Pensar como un comunero”?

David Bollier: Creo que podemos hablar de muchas otras cosas, pero lo primero que me viene a la mente según lees esas líneas es que, en realidad, el procomún es mucho más que una legislación o una agenda política. En realidad es una orientación hacia el mundo y hacia nosotros mismos. Es una manera de ser y de ver que incluye una cosmovisión, un sistema ético para entendernos y entender nuestra relación con el mundo y la naturaleza. Podríamos decir que es una identidad. Muchos de mis asociados internacionales a menudo se describen a sí mismos como comuneros y sin ningún tipo de artificio. Quizás se trate de un término novedoso para la conciencia general pero, para mí, sirve para describir una orientación distinta hacia el mundo, que va más allá de conceptos como “consumidor”, “empleado” o incluso “sociedad civil”, porque no depende del Estado para cubrir necesidades o dictaminar normativas. Se trata de hacer las cosas nosotros mismos, utilizando los recursos y herramientas disponibles para hacer cuanto podamos por crear modelos varios de producción, gobernanza y gestión de recursos estables y autosostenibles. Observándolo desde esta totalidad, se trata de un paradigma íntegro y basado en la experiencia práctica. Es mucho más que un objeto o un pastizal, como decía el propio Garret Hardin. Es una forma de ver el mundo en todas sus facetas que, personalmente, me parece muy liberadora porque realmente favorece alternativas esperanzadoras para el futuro en una época de previsiones políticas francamente deprimentes. Creo que pensar como un comunero es un acto de optimismo y esperanza, porque es algo que podemos hacer y que va más allá de la mera compensación de consolarse a uno mismo. Es algo que fomenta la solidaridad a la vez que satisface necesidades. Ese es mi pequeño discurso sobre lo que creo que supone pensar como un comunero.

Imagen de Carla Boserman

Imagen de Carla Boserman

KMO: Ahí hay encerrada una pequeña ironía, dado que un “comunero” o, bueno… digamos que “pensar como un comunero” no es algo muy común en nuestra civilización o, por lo menos, en las civilizaciones del primer mundo, donde ser comunero es sinónimo de ser un bruto, un paleto, o parte de la plebe… Alguien que carece de sofisticación, educación, conexiones, que ha fracasado en el intento de aprovechar todas las oportunidades de autoexaltación que ofrece la vida en un sistema de mercado capitalista. Pero tiene un significado muy distinto y tengo muchas ganas de propagar tu visión de lo que supone “ser un comunero”.

David Bollier: Acabas de señalar un aspecto muy importante: reorientar el significado de algo conlleva una conversación cultural, pero también una lucha. Evidentemente, como el término vivo que es, la palabra comunero se verá malinterpretada, y a veces adrede. Pero creo que es un intento de crear nuevos significados sociales relacionados con ese vocablo, de la misma forma que los gays reclamaron la palabra “queer” 5, para dotarla de un significado nuevo. Es este vacío en nuestro idioma y, por tanto, en nuestro entendimiento propio, lo que nos hace necesitar un vocabulario nuevo. El sentido de la palabra evolucionará por sí mismo, aunque yo tengo mis ideas propias sobre el significado de palabra comunero, especialmente en una época de capitalismo rampante y predatorio. Es el reto que nos espera.

KMO: David Bollier, articulas estas ideas con muchísima claridad y facilidad. Me encantaría volver a charlar contigo aquí en el C-Realm Podcast en un futuro cercano para retomar esta conversación y profundizar en ella.

David Bollier: Me parece genial, hagámoslo!

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Producido por Guerrilla Translation bajo una Licencia de Producción de Pares
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NOTAS

1. Sobre el título…

Guerrilla Translation se encargará de la traducción de este libro de David Bollier por acuerdo con el autor. Nuestra labor se financiará a través de una campaña de crowdfunding con Goteo.org. No solo traduciremos el libro al español sino que, como parte de la campaña, crearemos una red de fabricación y distribución regional para imprimir copias del libro físico en nodos distribuidos a lo largo y ancho del mundo hispanohablante. El proyecto nos motiva mucho, dado que esa misma red se podrá utilizar más adelante para editar y distribuir otras obras (no necesariamente traducidas).

Aun así, traducir el título presenta varios problemas. La traducción más aproximada, sería “Piensa como un comunero: breve introducción a la vida del procomún”. Variedad no les falta a las traducciones que se han hecho del concepto moderno de “commons”. En esta traducción las hemos combinado según el contexto, pero sigue sin haber consenso sobre cómo deberían traducirse estos términos (“commons”, “commoner”, “commoning”).

Para dialogar sobre estas dudas, organizamos un evento en MediaLab Prado Madrid titulado “Un glosario para el procomún”. El evento fue muy interesante y nos ha dado muchas ideas, pero seguimos sin haber decidido el título.

Si queréis ver el vídeo del evento, aquí tenéis el enlace. Finalmente, estad atentos este otoño a la próxima campaña de crowdfunding para posibilitar la traducción y la edición del libro, y esta red de distribución para el procomún.

2. [The Zero Marginal Cost Society: The Internet of Things, the Collaborative Commons, and the Eclipse of Capitalism (La sociedad de costo marginal cero: el internet de las cosas, el procomún colaborativo y el eclipse del capitalismo) de Jeremy Rifkin (Palgrave Macmillan, 2014): Página web del libro]

3. [Fondo Permanente de Alaska: Artículo en Wikipedia]

4. [La Licencia Pública General de GNU, más conocida por su nombre en inglés GNU General Public License, es la licencia más ampliamente usada1 en el mundo del software y garantiza a los usuarios finales (personas, organizaciones, compañías) la libertad de usar, estudiar, compartir (copiar) y modificar el software. GNU General Public License en Wikipedia]

5. [La palabra queer o cuir tiene una tradición significante en inglés como ‘extraño’ o ‘poco usual’. … La utilización en referencia a la comunidad LGBT y los miembros que pertenecen a ésta ha modificado la definición y aplicación originales. Su empleo se considera polémico y ha sufrido cambios sustanciales a lo largo del siglo XX, al reclamarlo algunos gays, lesbianas, bisexuales y transexuales como una forma de autoafirmación”. Queer en Wikipedia]

Guerrilla Translation/Relacionado:¿Qué es el procomún?Helene Finidori Gemeingüeter GermanyHacia un procomún materialMichel Bauwens Dmytri Kleiner John RestakisRetomando el Mundo/ Douglas Rushkoff

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